How to get away with murder. Temporadas 1 y 2

(Abc. 15 episodios: 25/09/14 - 26/02/15
15: 24/09/14 - 17/03/16)

Sin ánimo de ofender a nadie, esta serie no se le puede recomendar a nadie o al menos no sin avisar que lo que se va a encontrar aquí es una especie de parodia de los procedimentales de abogados y asesinatos, o como tal habría que tomárselo. No va más allá de ser una serie con la que no pensar y  que no te ponga nervioso el cúmulo de inverosimilitudes. Solo es apta para estados de aburrimiento muy acusados, vacíos existenciales al faltarte tus series en el mes de agosto, para fans de Shonda Rhimes (es la productora), para los que opten por rollos fáciles y consigan adquirir una suspensión de la realidad.

Annalise Keating (tosca, basta y rudimentaria Viola Davis) es una abogada que busca casos con sospechosos que rocen la culpabilidad. Al mismo tiempo, da clases en la universidad con el nombre que da a la serie, en las que suele plantear temas que acontecen en el estrado. Como quiera que apenas está acompañada de la abogada Bonnie Winterbottom (intrascendente siempre Liza Weil) y del turbio Frank Delfino (Charlie Weber, irreconocible sin la barba), que ni siquiera es abogado, se ahorra esos sueldos con la versión 2.0 de los becarios con los alumnos más listos de la clase.

La pasarela Cibeles de los alumnos ayudantes de la torticera y manipuladora Annalise está encabezada por Wes Gibbins (Alfred Enoch va asociado a una perenne cara de estúpido supino en todo momento), alias el favorito, Christopher en sus ratos libres, el cual se implica muy previsiblemente con la vecina adusta y maleducada Rebecca Sutter (Katie Findlay, muy desmejorada con tanto piercing y rapado desfavorecedor), para más señas la sospechosa principal del asesinato de una universitaria. 

Michaela Pratt (Aja Naomi King) es la top model pija capaz de cualquier cosa por ser la primera, está prometida con un gay y sería mejor para su carrera dramática que se dedicase a posar sin más, porque más allá de su espectacular belleza no hay rastro de talento; Connor Walsh  (Jack Falahee), homosexual que se involucra con Oliver (Conrad Rocamora), el hacker que nos soluciona todos los asuntos informáticos, es lo más parecido a su mejor amigo, y es otro manipulador de  cuidado que usa su atractivo para medrar.

Y falta la candidata a suceder en belleza a Jennifer Connelly (salvando las distancias interpretativas), Laurel Castillo (Karla Souza), mexicana en principio más comedida que luego adopta el rol de la que más se preocupa por el bienestar del equipo papilla, por más que se enrolle  con Frank y suspire por Wes; me dejo para el final al inefable Asher Millstone (Matt McGorry, cuya cara me sonaba y no lo asociaba al pelele de Orange is the new black), otro ricachón hijo de papá juez que además tiene un sentido del humor basado en las gruesas groserías, el único del grupo que no se ve implicado en el asesinato de Sam Keating (Tom Verica), marido de Annalise.

La "gracia" de la serie está en que al mismo tiempo que libran a asesinos y criminales de prisión usando todo tipo de tretas y argucias poco legales, puesto que lo menos que se ve es que recurran a leyes y sí en cambio a mentiras, sexo, intrigas y triquiñuelas, tienen que lidiar con el asesinato de Sam, del que iremos conociendo detalles a lo largo de toda la temporada, con imágenes aceleradas y superpuestas repetidas una y otra vez a principio y final de  cada episodio.

Si el caso del asesinato de Lila (Megan West), que estaba liada con el marido de Annalise, ocupa la primera temporada, con una ambigua Rebecca que sí pero no para acabar viendo que fue Frank, a instancias de Sam, el que acababa estrangulando a la muchacha y metiendo en el depósito de agua, en la segunda tenemos un nuevo asesinato en la mansión de los nuevos clientes de Annalise, en la que dos hijos adoptados (uno negro y una china) son los principales sospechosos del asesinato de sus propios padres.

Dejamos los torbellinos de imágenes aceleradas en la fiesta universitaria para pasar a lo que parece muerte de la propia Annalise. Caleb (Kendrick Sampson) y Catherine Hapstall (Amy Osuda) son dos niñatos engreídos y muy suyos que centran las pesquisas del  caso central que avanza (lentamente) durante toda la temporada, mientras que se resuelven (rápidamente) casos puntuales.

Efectismos baratos, giros sorpresivos, decisiones siempre erróneas, repeticiones varias y muchas malinterpretaciones con el concepto de "proteger" son los bucles en los que se mueve esta serie rebuscada, acelerada y nada creíble, con personajes que cansan y nadie los cree ni los quiere, lejos de lo que podría ser un juego interesante de buenos y malos (al final todos son tontos, sin más), con una mamá pato Annalise que todo lo soluciona mintiendo y manipulando, como puede dar fe su amante Nate (Billy Brown, el "pétreo"), quien va a la cárcel en primera instancia para salvar el pellejo de Wes. 

Lesbianismos sorpresivos con la abogada Eve (qué mal te han sentado las cirugías varias, Famke Janssen) y vueltas de tuerca sobre vuelcas de tuerca varias consiguen que aunque no veas todos los episodios o los retomes a medias o a finales, no pase absolutamente nada. 

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