Derecho natural. Ignacio Martínez de Pisón. Seix Barral

(448 páginas. 21€. Año de edición: 2017)
Sábado o domingo por la mañana, en el Retiro. Hay gente, pero no demasiada para lo que suele. Hace calor, pero no demasiado. Hay algunas colas esperando su turno a que le firmen el autógrafo de su libro. A lo mejor mezclo días distintos, pero recuerdo la de Pérez Reverte, que, cual monarca librero, firma desde un cubículo especialmente diseñado para él. Pasamos no sé si por la caseta de la Casa del Libro, en la que varios autores están anunciados para las doce. La cola de Albert Espinosa da la vuelta por detrás. Está Martínez de Pisón anunciado y solo una señora espera su turno. No soy de pedir firmas, pero Irene (mi Irene) me convence y le esperamos. Con algo (no mucho) de retraso, aparece. Hace un comentario levemente irónico a la situación, y nos firma a la señora y a mí (a ella, claro está, no sé qué le pone, a mí esto: "Para Julián, esta novela con la banda sonora de Demis Roussos. Un abrazo", y su garabato).

Cuento esta anécdota porque acabo de terminar su último libro y se ve que la narrativa que exudan todas sus páginas aún está impregnada en mí, y además me sirve para ilustrar lo que este autor significa. Sin grandes alharacas, sin estridencias, como si un señor normal hubiera publicado un libro y, con toda la naturalidad del mundo, lo estuviera firmando ante su decena de seguidores, sin hacer ruido, pero ocupando su espacio. Y su espacio, aunque no lo parezca porque nos fijemos en figuras más excéntricas o mediáticas o aparatosas, es un puesto destacado dentro del panorama de la narrativa española de principios del siglo XXI. Y es que Martínez de Pisón arrastra tras de sí la fiabilidad de alguien que no decepciona, como ese coche diésel que no coge velocidades extremas pero no te deja nunca tirado en carretera.

Derecho natural me ha remitido bastante a Carreteras secundarias, cómo no, por medio de la figura paterna de ese Ángel Ortega Hurtado alias Ray Ronson y luego Big Demis, aunque también a otras obras suyas como Dientes de leche al tratar el tema de la familia, a El tiempo de las mujeres, en el que ya aparecía el fatídico día del 23F, o a La buena reputación, que también estaba ambientado en los años de la Transición. Sin duda, temas y tiempos transitados por el autor, conocidos por él, y que le sirven de asidero para derramar su talento y para engancharte a una historia lineal y no soltarte en ningún momento.

En los 9 extensos capítulos (más unos breves prólogo y epílogo) narrados en primera persona, da igual que estemos ante la infancia, que la adolescencia, que la primera madurez de Ángel, el hijo del otro Ángel y su mujer, Luisa Remiro. Da igual que viva Franco o que el niño pise las calles de una Barcelona expandiéndose, da igual que el dictador ya esté muerto y se asome la incipiente Democracia como casi un experimento o un bebé blandito y tierno, o que sean las calles de Madrid las que pueblen las líneas de este libro, que en ningún momento da la sensación de que sobre nada. Diría que Martínez de Pisón ha alcanzado la madurez literaria, si no fuera porque es algo que viene demostrando en todos sus libros.

Ahora que estoy escribiendo la reseña, escucho por primera vez la música de Demis Roussos (triqui triqui mon amour, dice en Velvet mornings), a quien no conocía. Música melódica, en la línea que no me interesa demasiado de Julio Iglesias, Eros Ramazotti y moñas por el estilo. No hace falta, pues, ni compartir referentes para dejarte arrastrar por la precisa prosa de Martínez de Pisón.

Tampoco hace falta que haya un título rotundo (más bien lo contrario, se trata de uno aséptico, que hace referencia a los estudios de Ángel), ni un principio que de inmediato te llame la atención. Ni siquiera podría calificar de su final algo destacable (aunque muy emotivo, eso sí). Y sin embargo, ha sido este libro una lectura de las que te dejan ese poso de bienestar, de satisfacción, de bien escrito y de inmejorable compañía. Esta familia desestructurada que encabeza en su madurez el imitador del cantante egipcio con nacionalidad griega no puede sino ser un fiel reflejo de cualquier familia, por más que entre sus miembros no existan las tiranteces que aquí se narran.

Quizá el mayor mérito de Martínez de Pisón sea el de ser capaz de retratar la normalidad, las rutinas, el registro medio y coloquial y familiar, sin estridencias, sin ceder a la tentación de los golpes de efecto ni a los sentimentalismos baratos. Y sin embargo, hay momentos que te emocionan y, sobre todo, que te aturden (como ocurre con la carta de Paloma a su padre). La radiografía sentimental de personas que no son proclives a demostrar sus sentimientos no puede ser más acertada.

Si paso a profundizar un poco más, vemos los efectos de un padre disoluto que se mueve a impulsos, egoístamente. Sus vaivenes ocurren tanto a nivel profesional (aspira a ser un actor de renombre que no pasa apenas de figurante) como a nivel personal, en el que sobre todo le sufre su novia Luisa y, por extensión, su hijo Ángel, cuyos primeros recuerdos se remontan a 1967, cuando el otro Ángel volvió después de dos años perdido a las tres de la mañana. Su hijo tiene entonces cinco años.

Casi de pasada, queda retratada la Barcelona (y, por ende, la España) de esos años, el espíritu y el ambiente. Los paseos del niño y las andanzas de los personajes nos transmiten las costumbres y los objetos de la época. Pronto el padre (a los dos años) vuelve a desaparecer, dejando remordimientos en el hijo ("Mi padre era el vacío que había dejado en nuestras vidas"). Para entonces ya ha nacido el segundo, Manolo, y será la madre quien lo busque. Ya se hace llamar Ray Ronson y han pasado otros dos años. 

Lo sorprendente del personaje del padre es que esa caradura casi siempre le funciona. Consigue hacerse perdonar, como si no hubiera pasado nada, como si fuera verdad lo que dice de no querer seguir siendo una carga para su novia (porque le da largas para casarse, apelando en parte a la modernidad de Luisa, que no requiere de un matrimonio como le instan o le urgen sus padres, Benito y Josefa). ¿No conocemos casos de gente que, haga lo que haga, consigue hacerse perdonar e incluso querer, pese a todos sus horribles defectos? 

Se suceden los acontecimientos y las pequeñas ceremonias íntimas, esas que el autor consigue hacer pasar más que como verídicas como verdaderas, como si él realmente hubiera olido el aceite de romero de su padre (que cubría con un gorro de ducha) como remedio para evitar la caída de pelo. No solo es dotar de personalidad a ese Ray Ronson caótico, sino también a esa contradictoria Luisa, que incurre a menudo en la autocompasión y en esa ambivalencia de hacerse la ofendida y necesitar esas ofensas para impulsarse.

El rodaje de Las petroleras vuelve a separarlos. Ese rodaje en la provincia de Burgos (más adelante aparecerá el escenario para mí bastante conocido de Aranda de Duero), de donde es él, cambiará de nuevo lo que parecía un orden establecido y más estable de lo que la familia había conocido. Al poco de nacer Cristina (1972), les vuelve a abandonar, esta vez para hacerse cargo de su primera novia, Isabel, con quien se casará, y su hija Paloma. Solo un accidente de tráfico restablecerá la situación. La pobre Isabel muere, su padre consigue recuperarse de las graves heridas y Paloma pasa a formar parte de la familia como una más.

No resultan forzados ni antinaturales las reflexiones del narrador, que provienen de su presente, no de ese pasado que relata y en el que aún tiene poco más de diez años. De hecho, es uno de los elementos reconocibles suyos, esa manera de ser capaz de desentrañar medias verdades y mentiras completas, actitudes sospechosas o cariños a destiempo para ajustar la imagen de su padre.

En una de las frecuentes mudanzas, acaban en una pensión de Enrique Granados. Allí conoce una estudiante proveniente de un pueblo de Zaragoza que quiere estudiar Periodismo: Irene, de quien se enamora Ángel, sentimiento que será una constante para él durante muchos años. Y es que Irene será otra figura que aparezca y desaparezca esporádicamente en su vida, protagonizando una historia de amor muy bonita y para nada preestablecida:  
"es verdad que el destino se nos presenta como si estuviera escrito desde el principio. ¿Por qué no pensar que algunas cosas son como son porque estaba dispuesto que fueran a ser así y no de otro modo? También el hecho de que Irene hubiera elegido estudiar en Barcelona y alojarse en la misma pensión que nosotros forma parte de esa cadena de azares, y el destino que me conducía hacia ella no habría tenido la misma validez si Irene (...) no hubiera optado por seguir viviendo en la pensión"
Me ha gustado mucho cómo ha intercalado lo familiar con lo romántico, cómo se nos va contando el proceso de crecimiento de Ángel y del resto de sus hermanos, sus fases en su formación de la personalidad, su manera de tratarse, de llevarse y de quererse, junto con la historia de amor, interrumpida a conveniencia y reanudada con maestría. Manolo pasa de ser introvertido y huraño a protagonizar pequeños hurtos, siempre con mucha tirantez con su padre; Cristina será siempre más afable y cariñosa, al principio muy apegada con Paloma, incluso hasta llegar al punto de considerarse ambas gemelas, aunque otra separación auspiciada por (quién si no) el padre, rompe el hechizo.

Me gusta que a pesar de los pesares, Ángel hijo comprenda y acompañe siempre a Ángel padre, pese a las "infidelidades" y los bandazos, pese a los constantes abandonos y su constante ventajismo. Es como si estuviera resignado desde casi el principio a que sea así, a que no se le pueda cambiar, y por eso su relación de adultos llega a ser incluso entrañable, por más cabreos y discusiones que puedan tener.

Y me gusta que ese paisaje familiar sea tan completo, tan profundo y a la vez despojado de trascendentalismos, consignando aspectos como la manía del abuelo de mezclar los refranes, aspectos más inusuales como la desaparición de la peseta cuando se la traga Cristina, las taquicardias de Ángel, el vocabulario particular y privado de las niñas, los chistes y las imitaciones musicales del padre, que le acercan sin saberlo ni sospecharlo a que en el futuro sean las imitaciones de Demis Roussos  su manera de vivir... Casi todos los aspectos son recurrentes o están entrelazados antes o después. Así, el prólogo, podría servir de ejemplo de este proceder.

Aunque al final el propio narrador es el que pasa de puntillas, no faltan los aspectos para retratarle: "mi discreción venía de antes. ¿Lo mío era grave o no? (...) Cuando lo normal habría sido experimentar la ilusión de las cosas que se hacen por primera vez, yo tenía la sensación de que muchas de esas cosas podía estar haciéndolas por última vez (...): ¿en qué momento se empieza a tener la sensación de que se está viviendo algo que no se volverá a vivir (...)?". Que Ángel no incida mucho en la fase de salir o beber o fumar o drogarse o acostarse con chicas, todo eso se debe a su manera de ser. Que pase de refilón por algunos aspectos no quiere decir que no se eludan, como determinados momentos históricos.

En fin, es maravillosa esa manera de profundizar en aspectos, en detallar los pasajes de la memoria, en radiografiar las pequeñeces y grandezas del ser humano, incluso en su formato más de andar por casa; por más que haya algún aspecto que no llame la atención (como todo lo referente a la filosofía del Derecho, o las reflexiones sobre la justicia y la democracia, quizás lo más teorizado del libro), no te aproxima nunca en el aburrimiento.

Es difícil quedarse con algo concreto, por más que destaque fragmentos en los que queda claro cómo la introspección de Martínez de Pisón es apabullante:
"Así funciona la memoria, que combinando recuerdos de diferentes épocas es capaz de descubrirnos cosas que en su momento no habíamos percibido. Y, en definitiva, de modificar el pasado. De construir un pasado nuevo, distinto" 
"¿Nos queríamos? ¿Quería yo a mi madre y me quería ella a mí? Tenía muy claro que, si alguien pretendiera hacerle algo malo, sería el primero en defenderla. Pero no sabía si eso era querer o simplemente pertenecer. Como una pierna o un brazo (...) Casi no nos dábamos cariño ni seguridad ni protección: el vínculo que nos unía estaba más próximo a la necesidad que a cualquier  variedad del afecto" 
"Irene se había instalado en la oración principal y a las demás sólo les quedaba vivir en las subordinadas. Más concretamente, me acordaba de esas oraciones de relativo en las que el sujeto de la principal lo es también de las subordinadas: Irene era el sujeto de todas las oraciones" 
"La toxicidad de mi madre ni siquiera avisaba. Era una toxicidad hecha de contradicciones sutiles, imperceptibles para los extraños: un afán de protección que en realidad era un grito de auxilio, una rara necesidad de acumular ofensas para poder demostrar que nada la ofendía, una fuerza que, como si se alimentara de la de los demás, no nos hacía más fuertes sino que nos debilitaba"
No sé si ha quedado claro que me ha parecido una novela magnífica. Espero que al menos no haya dudas de que el ejemplar que conservo, con la firma de Ignacio Martínez de Pisón, es una de las joyas de mis estanterías. Gracias también por esto, Irene.

PD: de bonustrack, una playlist de Demis Roussos: 



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