Aquí estoy. Jonathan Safran Foer. Seix Barral

(720 páginas. 23,90€. Año de edición: 2016)
Ay, qué pena. Si ya había tenido sensaciones encontradas al releer Todo está iluminado, ha llegado el derrumbe con esta última novela con la que parece que el autor esté reivindicándose, empezando por el título. Empezando por el cambio de editorial y pasando por todo aquello que en su momento me pareció un autor más que prometedor, un espejo donde mirarme y una envidia por ser capaz de escribir una novela como aquella, ahora por el contrario ese ejemplo de inspiración se ha tornado en otro tipo de consideraciones. 

Para mi gusto, Safran Foer es autor de un único gran título. Llevaba dentro una única historia. Como la memoria es selectiva y suele quedarse con lo bueno (y, en mi caso, a veces ni eso, no se queda con mucho salvo con impresiones más o menos generales, uno de los motivos de que yo reseñe lo que leo), había olvidado que Tan fuerte, tan cerca ya me pareció un peldaño por debajo, o más bien una escalera entera por debajo, aunque lo achaqué no al síndrome de la segunda novela, sino a que había escogido un tema escabroso (el 11S).

Aquí ya no hay excusas. Han pasado más de 10 años desde sus dos primeras novelas y el torrente creativo que abrumaba sobre todo en su primera (¿y gran?) obra, brilla por su ausencia. Hay reiteración de usos, pero ya no ofrecen esa exuberante sensación. Hay ingenio, pero suena a pedante. Hay frases que suenan a sentencias que no se suelen encontrar, pero iniciar una labor arqueológica en su busca es demasiado esfuerzo para más de 700 páginas.

Un síntoma de que los resortes del interés se han desconectado es cuando el autor consigue atraerte incluso a pesar de que los temas tratados no te llamen la atención en principio. Aquí no lo consigue y el judaísmo, tema central, aburre en exceso, incluso si optas por centrarte en Jacob Bloch, el protagonista central. Para dar con un judío abrumado por su propia existencia y refugiado en mecanismos humorísticos, me voy a Woody Allen.

El principal problema es lo que se cuenta. No se sabe qué es, se trata de una mera excusa para la exorcización de las preocupaciones de Safran Foer. No hay novela en puridad porque no existe acción y la morosidad en retratarnos una familia judía moderna en realidad es el pretexto para un psicoanálisis. Si al principio se trata de la presunta gamberrada de Sam, el hijo mayor, que ha escrito unos insultos racistas, homófobos y de mal gusto (¿lo habrá hecho?, ¡oh, dios, qué tensión!), y cómo lo lidian los padres, pendientes hasta el momento del bar mitzvà (ceremonia judía que representa el paso de niño a adulto) del chico (que de pequeño se aplastó la mano y casi pierde los dedos, algo que marcará a los padres para sus restos, un elemento utilizado a modo de intriga narrativa que tampoco es para tanto); luego pasa a las frases procaces insertadas en medio del discurso, que resultan provenir de Jacob, algo que precipita el fin del matrimonio con Julia, a pesar de que al principio se esfuerzan en mostrarse como un modelo de pareja perfecta.

Claro que luego llega la literatura-ficción: a partir de un terrible terremoto en Oriente Medio, hay un movimiento de ataque colectivo contra Israel porque el mundo odia el judaísmo. El líder israelita hace un llamamiento a los millones de judíos del mundo para que defiendan la patria y en un principio Jacob decide acudir. Esta parte me ha recordado a Sumisión, de Houellebecq, salvando las distancias. Pero esto tampoco es el núcleo de la obra, que sigue su transcurso cronológico desestructurado. No puedo con las novelas que no se detienen en un momento determinado, sino que transcurren los años y los niños crecen y la vida sigue, y Julia se casa de nuevo y Jacob sigue sin situarse en la vida. ¿Era necesario alargarlo tanto?

Sin embargo, el principal problema es que el entramado narrativo es inverosímil. No existen personajes, todos son Safran Foers con diferentes nombres. El caso más sangrante es el de los niños: Sam, de 13 años, Max de 11, incluso el pequeño (creo que 8) Benjy, en teoría el menos dotado de la familia (pero más sensible, vaya cúmulo de tópicos prepotentes derramados por parte de un -presuntamente- superdotado como debe de serlo el autor), hablan y piensan igual. Un tanto torturados, ingeniosos, e imposiblemente capacitados para la réplica perfecta y el pensamiento socrático. Un asco, para mi gusto.

Un asco que se extiende a los demás personajes, más secundarios: el padre de Jacob, Irv, que ni viene ni va ni pincha ni corta; el abuelo Jacob, más de lo mismo, pero con tintes más heroicos por ser emigrante; Mark, que tontea con Julia para desaparecer después; Billie, la chica (negra) que le gusta a Sam, otro cerebrito ingenioso y encantada de conocerse a sí misma; Tamir, el primo israelí que está de visita, excusa para diálogos rebuscados que van más allá de la esencia y de la inteligencia; incluso el tan nombrado doctor Silvers, terapeuta de Jacob... Casi el perro Argo, en decadencia por su avanzada edad y cagándose donde le da la gana, está más humanizado que cualquiera.

La estructura no se explica tampoco. Ocho partes (y ojo con los pretenciosos títulos): Antes de la guerra (que bueno, este por lo menos te da pistas), Aprendiendo la transitoriedad (toma), Usos de un puño judío, Quince días de cinco mil años, No tener elección también es una elección, La destrucción de Israel, La Biblia (Safran Foer en modo Safran Foer) y En casa, subdivididas a su vez en sus correspondientes capítulos, con nombres de similar grandilocuencia (Epítome, Antietam, Te q) y repeticiones varias (Aquí (no) estoy, La palabra que empieza por n/l, Volved a casa, Hoy no soy un hombre, ¡Judíos, os ha llegado la hora!).

Incursiones en Other life, un programa de realidad virtual o algo así al que está enganchado Sam, y las típicas safranfoerienses alteraciones tipográficas y discursivas, como la infumable parte VII, titulada La Biblia, son otros de los condimentos de esta árida, petulante y mostrenca novela, que mucho antes de llegar a la mitad ya sabes que no te va a ofrecer gran cosa, salvo un muestrario de frases seleccionadas, algunas meritorias, algunas casi sonrojantes:
La diferencia entre rendirse y aceptar algo es la depresión.
"Lo recuerdo todo, menos a nosotros".
La vergüenza es la leche pasteurizada de las emociones.
A medida que se la meneaba, fue creciendo su sospecha de que allí estaba sucediendo algo genuinamente relevante; no sólo agradable, sino místico (...); Sam apretó más fuerte y se sintió todavía mejor, y entonces, con una pequeña expulsión para el hombre, la humanidad saltó por encima del desfiladero que separaba una vida cutre, patética y falsa de un mundo de sencillez donde no existían el enfado ni la torpeza, y donde quería pasar el resto de los días y las noches que le quedaban en la tierra (vamos, coño, todo esto para una pajilla...). 
En fin. Mucho me temo que este autor no tenga mucho más que decir, o al menos no tiene mucho más que decirme. Puestos a recomendarle, como mucho apuntaría a Todo está iluminado, pero he perdido la fe en Safran Foer. Lo siento.

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